viernes, 31 de julio de 2009

San Juan Crisóstomo


SAN JUAN CRISÓSTOMO, GRAN HÉROE CONTRA EL JUDAÍSMO, ARZOBISPO DE CONSTANTINOPLA

Nació en Antioquía hacia el año 344, de familia rica. Su padre ocupaba un cargo elevado en el ejército imperial de Siria y su madre Antusa fue canonizada también por su gran virtud.
A los 20 años Antusa quedó viuda y aunque era una de las mujeres más hermosas, renunció a un segundo matrimonio para dedicarse por completo a la educación de su hijo Juan.

L
a gente le puso el apodo de "Crisóstomo" ("boca de oro"), porque sus predicaciones eran enormemente apreciadas por sus oyentes. Es el más famoso orador que ha tenido la Iglesia. Su oratoria no ha sido superada después por ninguno de los demás predicadores.



Desde sus primeros años el jovencito demostró tener admirables cualidades de orador, y en la escuela causaba admiración con sus declamaciones y con las intervenciones en las academias literarias. Su madre lo puso a estudiar bajo la dirección de Libanio, el mejor orador de Antioquía y uno de los mejores autores de la literatura griega imperial. Pronto Juan hizo tales progresos, que preguntado un día Libanio acerca de quién desearía que fuera su sucesor en el arte de enseñar oratoria, respondió:


"Me gustaría que fuera Juan, pero veo que a él le llama más la atención la vida religiosa, que la oratoria en las plazas".


San Juan Crisóstomo

Sin embargo, el muchacho evadió su peligrosa influencia, gracias a las decisiones y consejos de Antusa, principalmente. Fue ella la que más veló para que su hijo adquiriese una gran formación en las ciencias sagradas y en las virtudes. Era un tipo de mujer fuerte, que hacía exclamar al retórico sofista Libanio: "¡Dioses de Grecia, qué mujeres hay entre los cristianos!". La frase era de pura admiración de un carácter como el de Libanio, pagano de pies a cabeza, maestro y amigo de Juliano el Apóstata.



Juan deseaba mucho irse de monje al desierto, pero su madre le rogaba que no la fuera a dejar sola.
Mas, una vez fallecida su madre, determinó consagrarse a una vida de soledad. Retiróse a una cueva de los próximos montes, pasando allí unos cuantos años, entregado a la oración, a la meditación de las santas Escrituras y a los ejercicios de la más rigurosa austeridad. Su salud, empero, resintióse de ello notablemente. No estaba hecha para tal vocación. Por esto, siguiendo el consejo de un viejo anacoreta, bajó nuevamente a la ciudad.




En aquella larga temporada de aislamiento había escrito algunos libros espirituales, por ejemplo uno sobre la penitencia, en los cuales se revelaba ya su elocuencia y belleza de estilo, juntamente con su sabiduría profunda. Por esto el Obispo-Patriarca quiso elevarlo al sacerdocio y le confió enseguida importantes predicaciones, aparte de otros asuntos.

A
l llegar otra vez a Antioquía fue ordenado de sacerdote y el anciano Obispo Flaviano, que lo había nombrado su hombre de confianza, le pidió que lo reemplazara en la predicación. Y empezó pronto a deslumbrar con sus maravillosos sermones. La ciudad de Antioquía tenía unos cien mil cristianos, los cuales no eran demasiado fervorosos. Juan empezó a predicar cada domingo. Después cada tres días. Más tarde cada día y luego varias veces al día. Sus sermones solían durar unas dos horas, pero a los oyentes les parecían unos pocos minutos, por su entonación impresiuonante y la magia de su hermosa oratoria. Los lugares en que predicaba se llenaban tanto que no cabía la gente.




La valentía fue una de las gloriosas virtudes que caracterizaron su actuación: A pesar del poder que estaban adquiriendo los judíos, no dudaba en atacarlos y condenar a los cristianos que pretendiesen entablar relaciones amistosas con ese pueblo maldito, al que no dudó en calificar una y otra vez como "asesinos del Señor".

El pueblo le escuchaba emocionado y de pronto estallaba en calurosos aplausos, o en estrepitoso llanto el cual se volvía colectivo e incontenible. Los frutos de conversión eran visibles. Empezaba tratando temas elevados y de pronto descendía rápidamente como un águila hacia las realidades de la vida diaria. Se enfrentaba enardecido contra los vicios y los abusos. Fustigaba y atacaba implacablemente al pecado. Tronaba terrible su fuerte voz contra los judíos y contra aquellos que llevaban una vida judía, que malgastaban su dinero en lujos e inutilidades, mientras los pobres tiritaban de frío y agonizaban de hambre.

La finalidad de su oratoria era el mejoramiento o la reforma de las costumbres. De ahí que insistiera mucho en apartar al pueblo de todo género de vida judaica, en la explicación de las obras de misericordia, en la virtud de la limosna, la santificación de la familia, la educación de los hijos, la necesidad de la oración y de la frecuencia de Sacramentos, la obligación de apartarse de los espectáculos inmorales y de luchar contra los judíos.

En 387, con motivo de un impuesto extraordinario, estalló en Antioquía una sedición popular, en la que la curia imperial fue asaltada, maltratado el prefecto, destruidas las estatuas del emperador, la emperatriz y sus hijos. El emperador, que era el español Teodosio, conocido por muy violento, parecía disponerse a una fuerte represalia, y el pueblo estaba amedrentado. En aquellos días fue cuando el Santo pronunció sus célebres


"Discursos de las estatuas", con el fin de imponer la serenidad a todos, mientras el patriarca se había dirigido a Constantinopla en demanda de perdón. Estos discursos son un monumento de oratoria como no hay otro igual en toda la Antigüedad.


En el año 398, habiendo muerto el arzobispo de Constantinopla, le pareció al emperador que el mejor candidato para ese puesto era Juan Crisóstomo, pero el santo se sentía totalmente indigno y respondía que había muchos que eran más dignos que él para tan alto cargo.Sin embargo el emperador Arcadio envió a uno de sus ministros con la orden terminante de llevar a Juan a Constantinopla aunque fuera a la fuerza. Así que el enviado oficial invitó al santo a que lo acompañara a las afueras de la ciudad de Antioquía a visitar las tumbas de los mártires, y entonces dio la orden a los oficiales del ejército de que lo llevaran a Constantinopla con la mayor rapidez posible, y en el mayor secreto porque si en Antioquía sabían que les iban a quitar a su predicador se iba a formar un tumulto inmenso. Y así fue que tuvo que aceptar ser arzobispo de Constantinopla.

Llegado allí, se
hizo el más sencillo de los ciudadanos. La ejemplaridad de sus horas de oración, de sus continuas penitencias y de sus generosas limosnas influyó en la reforma general de costumbres, en mayor grado que sus mismos admirables sermones.






Pronto comenzó a atacar nuevamente a los judíos, criticando sus manipulaciones y su afán por corromper a la Civilización Cristiana. Demostró en más de una ocasión que el Pueblo Judío era el Pueblo Deicida, es decir, asesino de Cristo. Llegó a escribir hasta ocho "Homilías contra los judíos" , que todavía hoy se nos conservan y que son un importante texto para la Doctrina Cristiana.

Sus ataques contra los judíos son muy hermosos y absolutamente razonables, veamos algunos:


"La sinagoga no es solamente un centro de prostitución y un teatro; es también una casa de ladrones y hospedaje para bestias salvajes. Ningún judío adora a Dios."

"los judíos son asesinos empedernidos, poseídos por el Diablo; su libertinaje y borrachera les da los modales de un cerdo. Se matan y se mutilan entre sí..."

"
mi verdadera guerra es contra los judíos...los judíos han sido abandonados por Dios, y por el crimen de este deicidio no hay expiación posible."

Pronto provocó el odio de la emperatriz Eudoxia, quien, alentada por los judíos y aliada con herejes y viciosos, se unió a Teófilo
de Alejandría y, juntos, toda la escoria del Imperio no pararon hasta conseguir que Arcadio, tomando pie de ridículas y falsas acusaciones inventadas por los judíos contra el Patriarca, firmase el decreto de su exilio.
Salió, pues, éste de la ciudad, despedido por una muchedumbre enorme, que, aclamándolo con entusiasmo y con lágrimas, convirtió la partida en verdadero momento de victoria. Una vez salido, el pueblo protestó del decreto en las formas más enérgicas. La corte no durmió en paz; y


a las pocas horas castigaba el Señor a la capital del Imperio con un terremoto que produjo graves desperfectos. La emperatriz -Eudoxia- alarmada ante el aviso del Cielo, pidió enseguida el retorno del Patriarca.

La paz no duró mucho. A los pocos meses, la corte se enemistaba de nuevo con el Crisóstomo, por no haber cedido a las caprichosas exigencias sionistas y haber predicado, como siempre, la verdad y la virtud. El emperador le prohibió todo acto episcopal y le arrestó en su propia residencia, rodeando de grandes fuerzas el edificio. El pueblo iba a sublevarse para liberarle, pero san Juan Crisóstomo, para evitar que corriese la sangre de los cristianos a manos de los judíos y herejes, escapó por propia voluntad al exilio.
Al marcharse, el anciano obispo fue apaleado por los judíos.




Los judíos y sus esbirros le hicieron
caminar kilómetros y kilómetros cada día, con un sol ardiente, lo cual lo debilitó muchísimo. El trece de septiembre, después de caminar diez kilómetros bajo un sol abrasador, se sintió muy agotado. Se durmió y vio en sueños que San Basilisco, un famoso obispo muerto hacía algunos años, se le aparecía y le decía: "Animo, Juan, mañana estaremos juntos". Se hizo aplicarlos últimos sacramentos; se revistió de los ornamentos de arzobispo y al día siguiente diciendo estas palabras: "Sea dada gloria a Dios en todo", quedó muerto. Era el 14 de septiembre del año 404.
Días antes, la emperatriz había muerto en una larga agonía de terribles sufrimientos, castigada por Dios, a la vez que morían de muerte súbita varios puñados de judíos, como castigo de Dios. Esto motivó la conversión del pagano Teófilo.





Cuando, después de muerto, el cuerpo de San Juan Crisóstomo fue traído del Asia Menor para ser sepultado en aquella capital de su Archidiócesis, toda la ciudad le tributó los más fervorosos honores, deseosa de reparar la pasada injusticia.

Siempre fue considerado uno de los más importantes Santos Padres de la Iglesia y el gran papa San Pío X lo proclamó "patrón de todos los predicadores católicos del mundo".

Pero si San Juan Crisóstomo fue un gran Padre y Doctor de la Iglesia y también un héroe contra el Judaísmo, un modelo de virtud y un orador singular, no fue menor su profundidad a la hora de hacer oración, de la que debemos tomar ejemplo.
Escuchemos de sus propios labios unos breves ejemplos en que nos muestra cómo debemos hacer oración:


"Habiendo Dios dotado a los demás animales de la velocidad en la carrera, o la rapidez en el vuelo, o de uñas, o de dientes, o de cuernos, sólo al hombre lo dispuso de tal forma que su fortaleza no podía ser otra que la del mismo Dios: y esto lo hizo para que, obligado por la necesidad de su flaqueza, pida siempre a Dios cuanto pueda necesitar". (Catena Aurea).

"Cuando digo a alguno: Ruega a Dios, pídele, suplícale, me responde: ya pedí una vez, dos, tres, diez, veinte veces, y nada he recibido. No ceses, hermano, hasta que hayas recibido; la petición termina cuando se recibe lo pedido. Cesa cuando hayas alcanzado; mejor aún, tampoco entonces ceses. Persevera todavía. Mientras no recibas pide para conseguir, y cuando hayas conseguido da gracias".


(Homilía, 10 sobre la oración)
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"La oración es luz del alma, verdadero conocimiento de Dios, mediadora entre Dios y los hombres. Por ella nuestro espíritu, elevado hasta el cielo, abraza a Dios con abrazos inefables; por ella nuestro espíritu espera el cumplimiento de sus propios anhelos y recibe unos bienes que superan todo lo natural y visible". (
Hom. 6, sobre la oración).






ORACIÓN (A San Juan Crisóstomo)


¡Oh doctor insigne, patrono de los predicadores del Evangelio! Tu fuiste sal de la tierra y luz del mundo; predicaste la palabra divina oportuna e inoportunamente, pide a Dios nos de pastores y doctores como tu. Por Jesucristo Nuestro Señor. AMÉN.







Oración (de San Juan Crisóstomo):


Dios todopoderoso, que nos diste la gracia para unirnos en este momento, a fin de ofrecerte nuestras súplicas en común; y que, por tu muy amado Hijo, nos prometiste que, cuando dos o tres se congregan en su Nombre, tú estarás en medio de ellos: Realiza ahora, Señor, nuestros deseos y peticiones como mejor nos convenga; y concédenos en este mundo el conocimiento de tu verdad y en el venidero, la vida enterna. Amén.

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Autor y Fuente: G. Pérez

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